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inicio Otros años 2011-2012 Quitranera 22 de octubre 2011
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SIERRA DE COTO Y DEL RECLOT


 

EXCURSION SABADO DIA 22 DE OCTUBRE DE 2011

 

ALTO DE QUILES-LA QUITRANERA-EL ALGAREJO-LA TEULA-SENDA DELS GAL.LERS-AULA DE LA NATURALEZA MONTE COTO-MIRADOR DE LA TAJA-BARRANCO DE LA CASETA

 

LUGAR Y HORA DE ENCUENTRO: Cooperativa de Santa Catalina, en el Mañá, Mañán o Mañar. Entre Monóvar y Pinoso encontramos una rotonda, seguimos dirección Pinoso; poco después, otra, decorada, justo antes del caserío. La cooperativa está a la izquierda, junto a la carretera. Nos vemos a las 8.45. Y desde allí nos desplazaremos juntos hasta el lugar de salida.

DISTANCIA: unos 19 km (unos 17 si no se sube al Algarejo y la Teula).

DIFICULTAD: aunque sea la primera, no es un paseo. El primer tramo de la subida tiene un fuerte desnivel, y enseguida se nos ofrecen amplias y variadas vistas en 360 º. Partimos de 500 m s. n. m. y la Quitranera está a 997. No hay asfalto.

 

“El hombre es un animal nómada, un ser errante, y en cuanto nos oponemos a esta condición desatamos las furias de nuestra propia oscuridad”

“Caminamos según el ritmo de nuestra alma”

Rafael Argullol (“Visión desde el fondo del mar, 2010)

“Para amar las cosas hay que sentirlas imbuidas de misterio, y contemplarlas hasta ver surgir en ellas el enigma oscuro de la eternidad.”

Valle Inclán (“La lámpara maravillosa”, 1916)

 

 

 

La Quitranera. ¿Qué es eso?

En una página de internet (esa especie de borgiana Biblioteca maldita de Babel), encontré unas líneas que llevan el título de “Las torrenteras y la cólera de los dioses” y dicen: “Mi madre procedía de las sierras levantinas (Onil, Alicante). De pequeño pasaba mis vacaciones allí. Las tormentas estivales de gran magnitud eran allí relativamente frecuentes. Llegaban de improviso por motivos orográficos. Empero, antes de que comenzara a diluviar con una fuerza inusitada, en el valle un estruendo tremendo acompañado de un temblor del suelo hacía vociferar a los vecinos: ¡Que viene la Quitranera! Todos se levantaban rápidamente. Mientras las mujeres recogían la ropa tendida, los hombres introducían en las casas las sillas y mesas que habían previamente sacado a la calle para charlar, merendar, etc. Del mismo modo, los campesinos que estuvieran realizando sus labores aceleraban el paso para guarnecerse del gran chaparrón de agua, rayos y truenos.  ¿De dónde procedía aquel estruendo digno de la furia de un dios de la mitología helénica encolerizado?” La página es: www.madrimasd.org.

 

Pero, para no andarnos con tonterías, comenzaremos subiendo hacia el alto de Quiles. Es una subida espartana (pero no alcanza lo épico), y no solo por el esparto que coloniza la falda. Aunque cueste, os digo que es mucho mejor treparlo que descenderlo. Con calma, respirando hondo, enseguida cogemos altura y ganamos espacios para la vista. La Zafra a nuestra derecha; a nuestra espalda queda, a lo lejos, Fontcalent, el mar, la sierra de Crevillente; y, al lado, la que fuera cantera de mármol rojo. Tiene este cordal aspecto de alta montaña. Sigámoslo. Enseguida veremos hacia el sur aparecer la cima del Algayat. Tras el esfuerzo, nos recuperamos con una ligera bajada y, enseguida, el terreno se levanta. La senda nos llevará, subiendo poco a poco, hasta La Quitranera (997 m). El barranco de la Caseta despliega para el senderista un tupido manto de pinos, suave e idílico, orientado al norte. Por él bajaremos a la tarde. Del otro lado, los pinos ralean, se estiran y evocan paisajes de la Serranía de Cuenca o, incluso, del Guadarrama. Es la solana del alto Redó.

 

A continuación, campo a través, de hito en hito, nos acercamos al Algarejo (1043). Desde él la panorámica es más amplia aún que desde La Quitranera: añadimos la sierra de La Pila, El Carche, sierra de Salinas, la Argueña, el Maigmó, Fontcalent, las salinas de Santa Pola, el mar… A cuatro pasos se encuentra el punto geodésico.

 

Seguimos, si os place, hasta la Teula (1055), que es un poquito más alta que el Algarejo. Desde la meseta vemos, a un lado, la sierra del Reclot y, más allá, el Algayat, que está esperándonos; a otro lado, las canteras de mármol blanco de La Algueña . En este lugar encuentran pleno sentido unas líneas de Gabriel Miró:

 

“Acostada (Paulina) escuchó el tumulto de su sangre. Todo el paisaje le latía encima. El cielo se le acercaba hasta comunicarle el tacto del azul. Acariciándola como un esposo, dejándole el olor y la delicia de la tarde. Se incorporó mirando asustadamente. Siempre se creía muy lejos, sola y lejos de todo. Sin saberlo, estaba poseída de lo hondo y magnífico de la sensación de las cosas. El silencio las traspasaba como una espada infinita. Un pájaro, una nube, una gota de sol caída entre el follaje la despertaban un eco sensitivo. Se sentía desnuda en la naturaleza, y la naturaleza la rodeaba mirándola, haciéndola estremecer de palpitaciones.” Gabriel Miró, Nuestro Padre San Daniel (1921).

 

Sin comentario.

 

Volvemos al Algarejo. Hay una bajada de aúpa por la vertiente noroeste, por donde se sube sin senda visible, siguiendo tablillas blancas y verdes clavadas en los pinos. Tal vez lo mejor sea bajar por donde hemos subido. En el colladito, lugar de descanso para quien no haya querido tirar más arriba, hay un enorme pino, que señala el camino de bajada por un barranco muy cómodo.

 

 

 

Descendamos por donde descendamos, iremos a buscar la Senda del Gal.lers, de la que se dice que es un auténtico “jardín botánico”, para ver una de las colonias más meridionales de roble valenciano (quejigo) y otras especies. La senda tiene unos 3 km y parte de ella se adentra hacia la cabecera del barranco de la Quitranera. El camino gira hacia el oeste y nos lleva hasta Casa Robles, por donde, por la tarde tomaremos el camino de regreso. Nosotros seguiremos recto para llegar en un momento al aula de la naturaleza del monte Coto. Tenemos sombra, abrigo, mesas, carteles para entretenernos, espacio para que los críos disfruten, correteen o jueguen al escondite.

 

Volvemos sobre nuestros pasos, caminamos un poco hacia arriba y en nada llegamos al Mirador de la Taja, desde donde tenemos una fantástica vista del barranco de la Caseta. La preciosa pinada de la cara norte de la Quitranera queda a nuestra derecha. Otro tramo y llegamos al Coll del Coto, hasta donde sube con la lengua fuera una pista que viene de la Cavafreda y de Las Casas del Señor. Aquí hubo un pino llamado de la Farola. El tramo que continúa recto va a una explotación de mármol que no ha sido restaurada y es una herida en el Alt Redó, donde hay una caseta de vigilancia. Dejamos la pista y tomamos la senda marcada que nos lleva hasta las ruinas que dan nombre al barranco de la Caseta, barranco que, más adelante, al ensanchar, se convierte en un auténtico valle en U. La bajada es cómoda y rápida. Enseguida llegamos a las ruinas de un humilde mas. ¿Os imagináis la densidad del silencio de la noche en este rincón? Los moradores de esta humilde casa saldrían en invierno a respirar el aire fresco, a oler la tierra mojada, mirar las estrellas o adivinar el tiempo que haría al día siguiente, mientras apuraban un cigarro de hebra. También a despedir a algún amigo que había venido de visita desde Cavafreda o Cavarrasa y echar una partida de cartas. O al médico, que había pasado a hacer la visita de rigor. Harían lo mismo en verano, y se quedarían absortos con el canto de los grillos. Una leve brisa llegaba y hacía sentir el buen estar. Otras veces, a comienzos de otoño, a certificar que estaba empezando a llover. Después, dentro de la casa, a la luz del candil, un muchacho desdobla una página arrancada de una revista para envolver un trozo de tasajo y que él guarda en el bolsillo (nadie sabe su debilidad por la poesía) y lee (es decir, escribe) lo que alguien ha escrito con maestría: es un poema de Juan Gil-Albert, titulado “Las labores” (Homenaje a Hesíodo). Y bisbisea, aunque torpemente, para que las palabras entren por el oído, porque las palabras tienen cuerpo. El muchacho lee, respira rítmicamente, siente que su pecho se ensancha y que hay armonía entre su ser y su entorno. Es un secreto que a nadie dirá. Muchas veces ha querido aprender el poema de memoria; pero, cada vez que lo lee, le parece distinto, que dice cosas distintas. Así, ¿cómo va a poder memorizarlo?-piensa. El poema dice:

 

No sé porqué la lluvia ha sido siempre

para mí tan balsámica. En verano

abre como un paréntesis, los soles

parecen descansar y el hombre mismo

deja en la tierra azadas y legonas

y se protege arisco mientras mira

por la ventana abierta desplegarse

esa recia cortina de luz blanca

patrimonio del cielo. Un cigarrillo

es entonces, en manos laboriosas,

mientras se lía, enciende, un pasatiempo

sutil, un abandono reflexivo,

un desertar que nadie nos reprende,

y con los ojos claros recogemos

la música, el fragante privilegio

de la estación, el agua, llueve, llueve,

suave y firme a la vez, mientras fumamos,

mientras el pensamiento se hace hondo,

se hace distante, ausente, perdidizo,

y fuera va lloviendo lentamente

y nos aísla más, nos deja absortos:

un ser dueños de todo, un ser nada.

 

Seguimos dejándonos caer. En este recoleto vallejo se aloja una extensa masa forestal y una variada colonia botánica (no os perdáis el magnífico enebro que nos quedará a la derecha). No en vano el ayuntamiento de Monóvar ha declarado la sierra como Parque Municipal.

 

La senda es clara y firme y discurre un rato entre altos y estilizados pinos. Por aquí se ha transitado mucho. Aún son vivibles las señales de actividad humana a nuestro alrededor. Al fin, saldremos del barranco cuando la senda se pegue a un muro de piedra de unos 700 m. A nuestra izquierda quedan unos rodales de almendros metidos casi en el monte, arrancados a la ladera de la solana y que son de una belleza elemental y fastuosa en febrero. La senda desemboca en la pista forestal, donde encontramos un croquis de la ruta. Siguiéndola se llega al caserío de Cavafría. Nosotros torcemos a la derecha, faldeamos el alto de Quiles y pasamos por donde empezamos a subir. Un poco más adelante, esperan los coches. Volvemos contentos: el mundo y nuestro mapa del mundo son más anchos.

 

 

Música recomendada para el viaje: porque su música es alegre y porque los vimos por estas tierras (en Pinoso, en la fiesta del Villazgo), os recomendamos el grupo “Tres fan ball”, del que suena muy bien “En la plaza” (polka). Y en la misma línea, “Quarentena”, de Divertimento Folk. Tal vez el señor Administrador tenga bien hacer el enlace.

 

Notas: esta es una versión filtrada y depurada de la hoja de ruta; con cuatro páginas ya está bien. Si hay alguna incoherencia o falta de ilación, es debido a los tijeretazos. Disculpad.

Después de la excursión, vale la pena comprar vino en la cooperativa o la bodega Alejandro. Y, si se dispone de tiempo, cenar en el restaurante El Mañá.

Y otra cosa: a lo largo de la excursión es posible ver ardillas, así que atentos, silencio y cámara en ristre. Sobre la palabra ardilla y esquirol, adjunto unas líneas tomadas de “La palabra del día”. Veamos que dice de esquirol:

 

Esta palabra tiene un significado curioso en nuestra lengua: se aplica con una connotación despectiva a los rompehuelgas, los trabajadores que se prestan a trabajar durante una huelga. Lo de curioso viene dado por el hecho de que la palabra latina original sciurus, proveniente del griego skiouros, se refería al animal que conocemos como 'ardilla'.

En otras lenguas el roedor recibió su nombre a partir de su etimología grecolatina: se llama squirrel en inglés, esquilo en portugués, esquirol en catalán, écureuil en francés y scoiattolo en italiano,

En español, en cambio, el vocablo latino fue desdeñado, y prevaleció una antiquísima palabra anterior a la llegada de las legiones romanas a la Península Ibérica: harda, que el castellano antiguo compartía con el bereber, el árabe hispánico y el vasco, y que aparecía incluso en el diccionario de Nebrija (1495):

Harda animal como liron. (LAT. scyurus.i.).

Más recientemente, harda perdió la hache y se adoptó su diminutivo: ardilla.

Todavía nos falta explicar por qué esquirol adquirió en español una denotación tan ajena a sus raíces etimológicas y a su significado en otras lenguas contemporáneas. A fines del siglo xix, existía un pueblo catalán llamado Santa María de Corcó, que poseía una posada para que pernoctaran los viajeros, conocida por una característica llamativa: en su vestíbulo había una ardilla (en catalán esquirol, como se dijo) que corría sin cesar en una jaula rotativa. La novedad adquirió tal fama en la región que la posada acabó por llamarse L'Esquirol. En los mapas de comienzos del siglo XIX, el pueblo ya aparecía con su nombre cambiado por L'Esquirol. En las primeras décadas del siglo pasado, algunas poblaciones cercanas a L'Esquirol contaban con fábricas textiles que se vieron afectadas por huelgas en 1902, en 1908 y en 1917. En las tres ocasiones, algunos habitantes de L'Esquirol se ofrecieron para trabajar en lugar de los huelguistas, por lo que muchos los llamaron rompehuelgas, y otros, en forma no menos despectiva, esquiroles.

Manuel Bores

 

 

 

 

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